La concienciación de la sociedad sobre el autismo, conocido también como trastorno del espectro autista (TEA), es fundamental, ya que afecta directamente a la calidad de vida de las personas que lo viven y conviven con ella. La forma en que éstas son percibidas y tratadas impacta en el estigma que rodea cualquier problemática de salud mental.
Entender las particularidades de las personas con este trastorno puede ayudar a transformar una situación de prejuicio o rechazo en comprensión y empatía.
Vivimos en un mundo donde los conceptos, etiquetas y categorización tienen un peso muy importante y definen los límites de la normalidad sobre el papel. A menudo necesitamos clasificar para entender, poner nombre a ordenar. Esta tendencia puede ser útil para la nosología pero poco para la divulgación y la comprensión de las neurodivergencias. Cuando reducimos a una persona a un diagnóstico, corremos el peligro de simplificarla excesivamente y de olvidar su idiosincrasia.
Por eso, la sensibilización no debería centrarse sólo en explicar qué es el TEA desde un punto de vista teórico, sino también en humanizarlo en un contexto práctico. Es necesario poner el foco en la persona, no sólo en la condición. Entender que, si cada niño es único, con sus necesidades y singularidades, en el caso de los niños con autismo también debemos tener en cuenta sus fortalezas, intereses y modos particulares de conectar con el mundo.
Hacer énfasis en esta mirada implica un cambio de perspectiva: pasar de preguntarnos “¿qué le pasa?” a “¿cómo puedo entender mejor su forma de ser?”. Implica también aceptar que la diferencia no es un error a corregir, sino una expresión más de la diversidad humana.
Por tanto, concienciar a las personas es una necesidad creciente en una sociedad que, a menudo sin darse cuenta, sigue funcionando bajo patrones pensados para una manera concreta de entender y experimentar el mundo. Para hacer más comprensible esta realidad, podemos establecer un paralelismo con las personas derechistas e izquierdistas.
Como todas sabemos, el mundo ha sido diseñado casi exclusivamente para personas derechistas. Las tijeras, pupitres, ratones de ordenador, instrumentos musicales… todo está pensado para quien utiliza la mano derecha de manera natural. El motivo es que este diseño se ha realizado de acuerdo con la mayoría. Las personas zurdas, a pesar de ser perfectamente capaces, a menudo deben adaptarse, realizar esfuerzos adicionales o desarrollar estrategias propias para moverse con comodidad en este entorno.
Este paralelismo nos ayuda a comprender la realidad de muchos niños con TEA. En este caso, la diferencia no está en la lateralidad, sino en la forma de percibir, procesar y responder a los estímulos del mundo. Las personas neurotípicas, como los diestros en el ejemplo, encuentran un entorno que se ajusta de forma natural a su forma de pensar, comunicarse y relacionarse. En cambio, los niños neurodivergentes a menudo deben adaptarse constantemente a unas normas sociales, comunicativas y sensoriales que no responden a su forma de captar y gestionar la realidad.
Esta adaptación continua puede generar estrés, frustración y, en muchos casos, incomprensión por el entorno. Es aquí donde la sensibilización se convierte en clave.
No se trata sólo de “normalizar” el TEA, sino de entenderlo, respetarlo y, sobre todo, ajustar el contexto para que sea más inclusivo. Al igual que hoy en día es cada vez más habitual encontrar herramientas adaptadas para zurdos, también deberíamos avanzar hacia entornos educativos, sociales y familiares más flexibles y accesibles para la diversidad neurológica.
En el caso de los niños, esta sensibilización debe empezar desde muy pronto. Los niños y niñas tienen gran capacidad para comprender la diferencia cuando se les explica con naturalidad y respeto. Introducir narrativas que hablen de diversidad, no como una excepción, sino como realidad inherente, puede ayudar a construir generaciones más empáticas e inclusivas. Explicar que hay compañeros que quizás no miran a los ojos, que necesitan rutinas más marcadas o que perciben los ruidos de forma más intensa es una forma de fomentar la comprensión y reducir el estigma.

En definitiva, si queremos avanzar hacia una sociedad más justa e inclusiva, en la que se tenga en cuenta la heterogeneidad, habrá que revisar hasta qué punto el “diseño” de nuestro mundo social, educativo y cultural sigue respondiendo sólo a una forma de ser. Quizás, al igual que hemos aprendido a fabricar tijeras para zurdos, también debemos aprender a construir espacios donde todas las formas de pensar y sentir tengan cabida.
Concienciarnos sobre el autismo no es sólo una cuestión de conocimiento, sino de actitud: una invitación a mirar al mundo con mayor amplitud, respeto y humanidad.
Un artículo de Mireia Segarra Trepat y Neida Fernández Benages, psicóloga y enfermera de salud mental respectivamente del CSMIJ de Martorell.

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