Con motivo del Día Mundial para la Prevención del Suicidio, Roger Ballescà, coordinador de Salud Mental Infantil y Juvenil de la Fundació Hospitalàries Martorell, nos da las claves para detectar las señales de alerta en niños y jóvenes, abordar la conversación sin tabúes y saber cuándo pedir ayuda profesional.
¿Cuáles son las señales de alerta o cambios de comportamiento que nos deben hacer estar atentos en casa?
Más que buscar una lista cerrada, hay que estar atentos a los cambios respecto a su manera habitual de ser, especialmente cuando son intensos, persistentes, repentinos o interfieren en su día a día. Los podríamos agrupar en:
- Malestar emocional: Alteraciones del sueño o de la alimentación, apatía, tristeza, irritabilidad, ansiedad, baja autoestima o desesperanza.
- Cambios de comportamiento: Aislamiento social, consumo de sustancias, autolesiones, bajada del rendimiento escolar, conductas de riesgo o descuido de la higiene personal. También quejas físicas frecuentes (dolor de cabeza o de barriga) sin causa aparente.
- Mensajes directos o indirectos: Desde verbalizaciones claras («estaría mejor muerto») hasta comentarios indirectos («tranquilos, ya no os molestaré» o «no quiero continuar así»), tanto en conversaciones como en chats o redes sociales.
Hay que estar atentos a cómo se siente, qué hace o deja de hacer y qué nos comunica.
¿Cómo diferenciamos una «etapa adolescente» de un sufrimiento más profundo?
En la adolescencia es normal que haya cambios de humor, necesidad de privacidad e irritabilidad. La mayoría de estos cambios son pasajeros. Sin embargo, nos debería preocupar especialmente cuando el malestar es intenso, se mantiene en el tiempo o afecta a diversos ámbitos (familia, amigos, estudios, extraescolares).
También es una señal clara de alerta si aparecen expresiones relacionadas con la muerte, la sensación de ser una carga o si detectamos que busca información sobre el suicidio.
A menudo se piensa que ciertas frases son para «llamar la atención»…
Frases como «no puedo más», «preferiría no despertarme» o «soy una carga» nunca se deben despachar así. De hecho, deberíamos cambiar la mirada: si una persona intenta llamar nuestra atención porque está sufriendo, lo que necesita es precisamente que le prestemos atención. El sufrimiento puede expresarse de manera indirecta, especialmente si no se tienen las palabras para explicar qué pasa.
¿Cómo iniciamos la conversación y cuál es el mejor momento?
No hace falta encontrar «el momento perfecto», sino un entorno tranquilo, sin prisas y donde estemos disponibles para escuchar. Conviene evitar abordar el tema en medio de una discusión o de un momento de mucha tensión.
Podemos empezar desde nuestra observación, sin juzgar: «Hace días que te veo más triste. Me preocupa cómo estás, ¿quieres explicármelo?». Si sospechamos que puede haber ideación suicida, podemos preguntarlo directamente y sin miedo. Preguntar no introduce la idea a nadie; al contrario, permite que la persona se exprese y no lo viva en soledad.
¿Hablar del suicidio puede «dar ideas»?
Es uno de los principales mitos. Hablar del suicidio no lo provoca. Lo que sí pasa cuando no hablamos de ello es que la persona siente que debe seguir ocultando su sufrimiento. No debemos tener miedo de preguntar aquello que nos preocupa; debemos tener miedo de dejar sola a una persona que sufre.
¿Qué actitudes o frases debemos evitar?
Evitemos minimizar o culpabilizar con frases como «esto son cosas de la edad», «no tienes motivos para estar así» o «hay gente peor». Tampoco ayuda reaccionar con alarma o enfadándonos.
Y muy importante: si nos explica que ha pensado en el suicidio, no debemos prometer guardarlo en secreto. Podemos decirle: «Te agradezco que me lo hayas contado. No te dejaré solo con esto y buscaremos ayuda juntos».
¿Y si el joven no quiere hablar?
No lo convirtamos en un interrogatorio. Dejemos la puerta abierta: «No hace falta que me lo cuentes ahora, pero cuando quieras hablar, estaré aquí». A veces es más fácil comunicarse haciendo una actividad compartida o yendo en coche. Si no quiere hablar con nosotros, facilitemos que lo haga con otra persona de confianza. El silencio no significa ausencia de sufrimiento.
¿En qué momento hay que buscar ayuda profesional?
Ante pensamientos de suicidio, una tentativa previa o autolesiones, hay que pedir ayuda inmediatamente. En situaciones menos evidentes, nos puede ayudar hacernos estas preguntas:
- Frecuencia: ¿Le pasa muy a menudo?
- Generalización: ¿Le pasa en diferentes lugares (casa, escuela, extraescolares)?
- Tiempo: ¿Se mantiene desde hace tiempo?
- Intensidad: ¿Condiciona su día a día (estudios, relaciones, sueño, alimentación)?
Si respondemos afirmativamente a uno o más puntos, hay que consultar con un profesional. El CAP (Centro de Atención Primaria) es una buena puerta de entrada y, si ya son usuarios de un CSMIJ (Centro de Salud Mental Infantil y Juvenil), hay que contactar con su referente. En Cataluña también disponemos del 061 Salut Respon (24h), con equipo especializado en salud mental. No hace falta tener claro qué recurso corresponde: llamando nos orientarán.
¿Cómo actuar ante una emergencia o riesgo inminente?
La prioridad es la seguridad: no dejar sola a la persona, limitar el acceso a cualquier elemento peligroso y pedir ayuda inmediata. Podemos llamar al 061, al 024 (línea estatal de atención a la conducta suicida) o, en caso de emergencia vital inminente, llamar directamente al 112 o ir a las urgencias hospitalarias.
Un mensaje final para las familias…
Las familias no tienen que saber hacerlo todo solas. Sentir miedo, culpa o impotencia es habitual, pero la prevención no es tener todas las respuestas, sino darnos cuenta de que algo no va bien, atrevernos a preguntar, escuchar y pedir ayuda. Pedir ayuda no es un fracaso, es cuidar.

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