«Nuestra vida se organiza bastante por rutinas y por ciclos de tensión y de distensión», explica Ballescà. Según el psicólogo, necesitamos alternar momentos de tensión «en un sentido positivo, para desarrollar un trabajo, para estudiar, para ir a trabajar, para levantarse temprano», con «episodios de distensión y relajación». Estos ciclos nos regulan, pero «a veces aparecen problemas cuando estos cambios de rutinas superan nuestra capacidad de adaptación». Sin embargo, señala que, «en general, el hecho de poder descansar durante el verano» es positivo para la mayoría de las personas.
La vuelta a las rutinas de los niños
En el caso de los niños y adolescentes, el cambio después de dos meses con horarios diferentes puede hacer que la vuelta a la escuela o al instituto cueste algo más. «Los niños y niñas, si les preguntas, lo pasan muy bien. Lo que pasa es que después cuesta un poquito volver a coger las rutinas», explica.
Ballescà compara este proceso con «pasar de estar dormidos a estar despiertos», ya que es necesario un tiempo de adaptación. Tras un periodo «con unas rutinas muy distintas, con unos horarios muy diferentes y con unas exigencias también mucho menores», volver a activarse y asumir las responsabilidades habituales «cuesta un poquito».
Por este motivo, recomienda empezar a adaptarse unos días antes de reanudar la actividad: «Lo mejor es ayudarles a adaptarse ya unos días antes, o sea que estos cambios no sean de un día para otro».
«El síndrome postvacacional es un artefacto de marketing»
Preguntado por el llamado síndrome postvacacional, Ballescà es contundente: «Yo diría que el síndrome postvacacional es un artefacto de marketing».
El psicólogo considera que este concepto también forma parte de lo que describe como «la psicopatologización de la vida cotidiana»: «Enseguida le ponemos nombres de síndromes, de trastornos, de cosas, a cosas que son absolutamente normales e incluso te diría que necesarias».
La vuelta a la rutina implica pasar de una situación de distensión a otra en la que hay que volver a prestar atención y recuperar el ritmo. Y esto, afirma, «genera siempre, siempre, siempre un pequeño malestar».
«Tenemos tendencia, socialmente, en los últimos años, a que cualquier malestar, por muy natural y normal que sea, tendemos a etiquetarlo, como si fuera algo que no debería estar allí», explica.
Ballescà diferencia este malestar habitual de las situaciones en que una persona tiene muchas dificultades para volver a la rutina y experimenta ansiedad o elementos depresivos. En estos casos, apunta, «esto ya no sería un síndrome postvacacional, sería otro tipo de problemáticas» que «debería analizarse bien con aquella persona cómo está organizado en sus ciclos y sus rutinas a lo largo del año».
La presión para aprovechar las vacaciones
Durante el verano también pueden aparecer expectativas sobre cómo deberían ser las vacaciones: aprovechar el tiempo, viajar, salir y pasarlo bien.
«Es evidente que todos tenemos un tiempo limitado de vacaciones, que todos queremos aprovecharlo lo mejor posible», explica Ballescà. A esto se le añade el deseo de «pasarlo excepcionalmente bien» y de «compartirlo en redes sociales».
Según el psicólogo, esta presión puede generar una paradoja: «Esto puede introducir elementos que en ocasiones generen más bien las condiciones para que acabe siendo un desastre».
Porque las vacaciones también incluyen momentos que no responden a estas expectativas: «El malestar durante las vacaciones también estará, el aburrimiento durante las vacaciones también estará, los planes que fallan también estarán, los conflictos entre las personas que compartimos más tiempo durante las vacaciones también estarán».
«Debemos darlo por sentado», afirma. Si aparecen estas situaciones y pensamos que durante las vacaciones «no podemos discutirnos, no podemos aburrirnos, no podemos perder el tiempo», puede producirse, precisamente, el efecto contrario.
Más convivencia no siempre significa mejor convivencia
Las vacaciones también conllevan más tiempo de convivencia con la familia o la pareja. Pero, según Ballescà, «más convivencia no siempre significa mejor convivencia».
Pasar más tiempo juntos implica también «negociar mucho más las cosas», porque se realizan más actividades conjuntas y hay que tomar más decisiones compartidas.
Por eso, considera importante «ser suficientemente flexible» y «aprender a mantener espacios individualizados durante las vacaciones».
«El hecho de que estemos más tiempo juntos no necesariamente significa que les tengamos que estar todo el rato haciendo las mismas cosas», señala. «Cada uno puede también tener sus espacios de aislamiento».
Ballescà también señala que las vacaciones pueden ser un momento en el que aumenten las tensiones cuando ya existen problemas previos: «Más espacios de relación no significan mejores relaciones».
En este sentido, explica que cuando ya hay tensiones en una familia o en una pareja, situaciones en las que hay que negociar más y en las que existe, al mismo tiempo, «esta presión para que las vacaciones vayan bien» pueden significar «más tensiones y mayores discusiones».
Y añade que, «cuando ya hay antecedentes de violencia doméstica o cuando la situación se va demasiado lejos, ya que se puede generar episodios de violencia».
Pequeñas «minivacaciones» durante todo el año
Para Ballescà, el descanso no debería quedar concentrado en las vacaciones de verano. Ante los buenos propósitos que a menudo aparecen a finales de verano, considera que una de las claves es incorporar espacios de distensión en la vida cotidiana.
«En las vacaciones, diríamos, las tenemos conceptualizadas como ese período de tiempo que pasamos en verano, pero también debemos proporcionarnos ciertos pequeños espacios de vacaciones en nuestro día a día, o en nuestras semanas.»
«Es muy importante que en el día a día también existan estas alternancias del ciclo entre tensión y distensión», explica.
Y lo concreta con una idea: «Lo que no podemos hacer es, diríamos, estar en un estado de tensión, tensión, tensión, tensión, durante diez meses al año, por decir algo, para después desconectar y pretender que esto nos servirá para equilibrarnos».
Por eso, propone buscar «esos pequeños espacios en nuestro día a día, en nuestros fines de semana… pequeños espacios de distensión que nos ayuden a sentir que tenemos estas pequeñas minivacaciones diarias».
Cuando el cambio de rutina afecta a personas vulnerables
En cuanto a las personas con problemas de salud mental, Ballescà señala que el impacto del verano y de los cambios de rutina «depende de la patología y depende de la persona».
«Hay personas especialmente vulnerables que también dependen mucho más de determinadas rutinas saludables. Y en ocasiones, cuando estas rutinas se rompen, entonces hay personas que pueden pasarlo mal.»
Pone como ejemplo a las personas con trastornos mentales importantes o aquellas que tienen «una red social muy poco desarrollada» y que pueden experimentar «mucha soledad si se rompe su rutina».
También señala que el calor puede tener un impacto importante: «El verano, aparte de las rutinas, este verano, por ejemplo, ha hecho unos calurosos tremendos, que esto también afecta muchísimo, y afecta más a las personas que tienen ya cierta vulnerabilidad».
Tres ejemplos de «minivacaciones» cotidianas
Por último, preguntado por tres ejemplos muy concretos para incorporar momentos de distensión al día a día, Ballescà lo resume en tres propuestas:
«Leer un libro, por ejemplo, es decir, buscar un pequeño espacio que sea tuyo, salir a hacer algo de ejercicio físico o una caminata, esto es fundamental, y el otro también, disfrutar algo de alguna comida».
Tres actividades sencillas que, en palabras del psicólogo, pueden formar parte de estos pequeños espacios de distensión que no es necesario reservar sólo para las vacaciones.

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